Acerca del Día del Padre – Columna PALESTRA, por Gilberto Cervantes Rivera

Sin el afán de ofender, en la festividad del día de ayer me dio por recordar lo invaluable que ha sido conmigo mi padre, porque gracias a él tengo vida; pero no cualquier progenitor, sino el gran arquitecto para los masones, wanka tanka y manitú para los pueblos indígenas del norte de américa, La Roca, Jehová y Jah para los hebreos, entre otros nombres con los cuales se conoce a Dios Todopoderoso. En segundo lugar, he de mencionar a mi padre terrenal, Don Serafín Cervantes Quintero, a quien no supe apreciar todo lo que hizo por este poeta de Cucharas que después de lograr un certificado de técnico en periodismo, pretende graduarse como progenitor, quizás.

Don Serafín me ordenaba: termina una carrera para que no te la pases trabajando como burro; su servidor, joven fuerte y no muy mal parecido, pero tardo para aprender, logré terminar la preparatoria, me inscribo en el Tecnológico de Tepic y tras varios años de calentar una silla dentro del aula, salgo expulsado y logro inscribirme como alumno de la Escuela de Economía donde recibí clases del maestro Castellón.

Sin estar en un seminario, continuo mis estudios para padre, pero de familia; nace mi primera hija, África Andrea, ya no pude, mejor trabajar que ir al fracaso como estudiante; termino en la trinchera del periodismo, con otros dos hijos que mantener usando la pluma y hasta el momento de escribir estas líneas, esperando inútilmente comunicación, aunque sea por celular, con mi padre ausente que ya va para un año de muerto.

La madre de Don Serafín, María Luciana Quintero Gaytán, una gran señora que fallece tras cargar casi un siglo a cuestas, nos enseñó a ser duros ante la inflexible presencia de La Catrina; el día que me muera, nos dijo tantas veces, quiero alegría entre todos ustedes. Cuando le llega la hora de morir, Don Serafín y yo partimos rumbo a Mesa de los Ricos, municipio de Huajicori; la alcanzamos viva y pudo tomarse una cápsula de unas vitaminas que yo consumía.

Se sintió bien, voy a la casa de mi tío Enrique Cortez Cervantes, lo saludo, pero al regresar, en cosa de minutos, mi abuela se puso fría como el hielo y dura como la piedra. Durante su velorio, hacía muchísimo frío, el cielo azul profundo, mostraba miles de estrellas y nosotros, haciéndole caso a la recién extinta, bromeábamos y reíamos por la suerte de estar juntos en situación tan solemne. Mi tío Pillo, otro de sus hijos y Temo su nieto, construyeron un ataúd con madera de pino seco; la colocan dentro y junto a ella, su eterno bastón y sus humildes trapos. Al día siguiente y después de tomar decisión de familia, la enterramos junto a su viejito Victorio Cervantes Enríquez; Don Serafín, toda la vida duro de corazón, no soportó el dolor de perderla, llorando inconsolable. Este poeta de Cucharas a los años, recibe una llamada por celular avisándome mi hijo Sebastián que Martha Beatriz, la niña aquella que me acompaña a pescar en el rio Acaponeta que pasa por Mineral de Cucharas, ya no era más en el mundo nuestro.

Fiel al molde con el que nos forjó mi abuela paterna, no derramé lágrima alguna por ella; poco después tampoco por mi madre María Luisa Rivera Tirado y de igual forma, me aguanté como los machos con la noticia del fallecimiento de mi padre Don Serafín, dada por Carla Mariana Siciliene, la más pequeña de mis hijas. Pero ayer, sentado en una silla del restaurante Buganvilias, escuchando la famosa canción, Viejo mi querido Viejo, sentí un nudo en la garganta y derramé un torrente de lágrimas por mi padre ausente.

Siento que ni por él ni por mi madre, hice lo necesario para que aun estuvieran vivos; dejaba de verlos por largas semanas igual que Don Serafín, que tras irse del hogar, jamás le dio por regresar a la casa de sus padres; yo era quien, movido por la nostalgia, mochila y guitarra al hombro, simplemente desaparecía y en horas del día, de la noche o de la madrugada, llegaba muy cansado frente a mis abuelos, acostándome a descansar para contarles durante la hora del desayuno, de su hijo Serafín y de sus otros nietos.

En ese tiempo, mis ideas revolucionarias chocaban con la religión de mis abuelos; Don Victorio había sido forjado en la guerra Cristera, donde fue bautizado por el padre Lamas y mi abuela Luciana, que predicaba una fe cristiana de las buenas, jamás la vi negando un taco a la gente pobre, que incluía un lugar para que se quedaran los cansados viajeros que pasaban por su casa. El catorce de junio pasado los soñé a ambos; pero muy especialmente platiqué con mi padre, al que le pregunté dónde residía; me dijo que tenía prohibido hablar del tema, pero me consuela anunciando que estará conmigo en el final de los tiempos, aunque no logré saber por cuanto tiempo y bajo qué circunstancias físicas.

Acabado el sueño, quisiera tener de nuevo la fortuna de contar con mis padres, algo imposible por el momento lo sé, pero sabiendo que para Dios no hay imposibles, me consuela pensar que alguna vez podré abrazarlos y decirles cuanto los quiero, como nunca lo hice cuando ellos estaban con nosotros…PALESTRAZO: dice con justa razón Chava Lazarini, la iniciación tiene mucho que ver con el bienestar de la familia; si hablamos de Dios y somos irresponsables, nada tenemos que hacer en un grupo que debe predicar con el ejemplo para llegar al altísimo primero a sus pies.

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