Opinión de Octavio Camelo – PROBLEMAS PARA LA REACTIVACIÓN ECONÓMICA DE MÉXICO

La realidad económica de México nos habla de la existencia de por lo menos dos circuitos económicos: uno con una alta densidad y concentración de capital y con vínculos con los capitales transnacionales de Estados Unidos y de Canadá; pero además es absorbedor de relativamente poca mano de obra. Y el otro, con una bajísima densidad de capital y alta utilización de trabajadores. El primero representaba mucho menos del 10 por ciento de las unidades económicas y del personal ocupado. Y el segundo ocupaba más del 90 por ciento de dichas unidades y de trabajadores.
Las medidas contra el covid-19 que se implementaron en el país siguiendo los acuerdos de los gobiernos del G20 y de la Organización Mundial de la Salud, OMS, afectaron desigual y desproporcionadamente a ambos circuitos económicos. Muchas empresas del circuito de baja densidad de capital, quebraron y arrojaron a la calle a miles de sus trabajadores. Otros, los relacionados con la “economía informal”, no tuvieron la opción de dejar de trabajar como lo decretaba el gobierno y, en el mejor de los casos, siguieron con sus actividades económicas aunque con una pérdida de clientela. En tanto que las empresas del circuito de alta densidad de capital, aunque con la suspensión del proceso de valorización de sus capitales, tuvieron la capacidad para resistir y de subsistir. No todas las unidades económicas de este circuito suspendieron actividades.
A esta situación hay que agregar que en el país se constituyen por lo menos dos zonas económicas diametralmente opuestas: el norte y el sur-este de México. El norte con empresas de alta concentración de capital y el sur-este con casi nula inversión de capital y alta concentración de la pobreza. En esta región nacional existen entidades federativas con un crecimiento económico negativo, es decir, no solo no crece su economía, sino que se consume más de lo que produce en el mejor de los casos.
Por eso la inversión pública en infraestructura tiene por destino a esas entidades del sur-este del país. Allí se trata no solo de reactivar su escasa economía, sino de desarrollar las relaciones capitalistas de producción con la inversión privada y con la incorporación de la mano de obra indígena al trabajo asalariado. El tren Maya, el tren transoceánico, la refinería dos bocas, etc., son inversiones estratégicas para tales propósitos.
La reactivación de las empresas de alta densidad y concentración de capital vinculadas a los capitales transnacionales es demandada por los grandes consorcios norteamericanos y canadienses por ser parte de las cadenas productivas del capitalismo global. Y aunque algunos gobernadores han opuesto resistencia a su reapertura, lo cierto es que ellos se han creído dueños de un Poder que le ha sido prestado por un periodo corto de tiempo; el verdadero dueño de tal Poder es el “capitalismo” como sistema socio-económico-político. Es más, si persisten en su necedad, es posible que lo bajen del “macho”.
La grilla de los grupos y partidos políticos crean intranquilidad e incertidumbre. Eso afectará la decisión de los inversores nacionales e internacionales. Y se pone en riesgo la viabilidad no solo de la reactivación del capitalismo mexicano, sino del crecimiento y desarrollo del país. El Estado Mexicano ya no es fuerte como el Estado de la Revolución Mexicana que pudo financiar la creación y desarrollo del sector industrial de ese entonces. Hoy se está frente a un Estado desmantelado por los gobiernos del PRI y del PAN, aliados con unos partidos políticos de una supuesta “izquierda”. Pero además, PEMEX y el precio de su petróleo prácticamente están en pésimas condiciones para financiar el desarrollo del sur-este del país, ya no digamos de México. El panorama económico se ve turbio, pero cabe la esperanza que capitales nacionales y extranjeros, sobre todo de países del lejano oriente y de la vieja Europa, vengan a invertir y a desarrollar más el capitalismo global mexicano. En fin.

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